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EL HORROR CORPORAL Y LA COSMOVISIÓN MAYA EN LA NARRATIVA DE CIENCIA FICCIÓN

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10 min de lectura

Saludos comunidad, el día de hoy estamos muy felices de darle la bienvenida a la escritora guatemalteca Marilinda Guerrero. Marilinda es una distinguida escritora de ciencia ficción, a continuación conoceremos un cuento de su autoría sumamente interesante, esperamos les guste y sigamos apoyando a Tendencias Siglo XXI, así como los notables escritores que nos ayudan con sus aportes.



CACTUS

A ti.


Observo tu vientre expandido sobre la cama. Juego con los pliegues que se forman entre tus piernas, la diminuta hendidura de tu ombligo. Dirijo la mirada hacia los pequeños lunares que cruzan tu pecho. El cactus en la ventana del baño comienza a brillar. La cama me mira verte, observa los pájaros de papel que cuelgan del techo. El avión de cartón color amarillo y azul. El viento sopla la vela blanca, cambia la sombra de tu fotografía.


No pude enterrarte.


El agua en el recipiente colocado en la bañera se rebalsa. Acaricio el azul de las sábanas. Trazo el diseño con la punta del dedo índice. Mis cabellos flotan, se desprenden, danzan en el aire, caen solos.


El vecino toca la guitarra. Tomo tu pie derecho. Acaricio tus dedos, aprecio la silueta amorfa que recorre la parte superior de tus pies. La vela roja se apaga. El cactus sigue brillando. Una mosca se acerca a la ventana a observar. Entra, se sube al barco pintado en el muro. El espejo refleja mis monstruos y la luz de la lámpara se apaga.


No te mereces cuidarme, susurra tu boca.


Acaricio tu mejilla. Te amo. La cafetera suena. Alguien entra al edificio. Ponen música de marimba en la casa de al lado. Parte de tu brazo derecho ha sido comido por los gusanos. ¿No te duele?


Te doy la vuelta. Observo tus omóplatos y el surco de la cicatriz que te hicieron de joven. Arranco tu dedo índice, lo llevo a mis labios, le doy un beso, le pido permiso para entrar. El cactus brilla. Introduzco tu dedo en la cicatriz para entrar.


Una montaña llena de árboles me recibe. Inhalo insectos que llenan mi cuerpo, exhalo alas. Las hojas susurran. Caen de las nubes nuestros pájaros de papel. Me subo a uno de ellos. Vuelo entre tu bosque, entre tus ríos. Te escucho susurrar muy bajito.


Admiro el tronco del árbol más viejo del lugar. Observo sus raíces, cómo parte de éstas salen del suelo. No tiene miedo de ser arrancado. El suelo en esta parte es más firme. Los dedos de mis pies comienzan a cavar la tierra. Del árbol caen mis cabellos y se abrazan a las raíces. Mi cuerpo se hunde y te encuentro de espaldas a mí. Me aferro a tu cuello.


Te amo. No respondes. Las paredes de tierra se rompen, se abren las ventanas, intento tomar tus manos pero te hace falta el dedo índice que arranqué.


Observo tu cuerpo tendido sobre la cama. El surco de la cicatriz por la que entré.


Meto mis dedos en mis ojos, los arranco y coloco a un lado de tu cuerpo. Dejo que se conozcan mientras entiendo la oscuridad. Los tomo de nuevo, los acaricio. Mis ojos se sienten húmedos, parecen huevos tibios. Acerco un recipiente, los parto a la mitad. Siento la yema de mis ojos caer al fondo, tomo tu dedo, mezclo las yemas, los vuelvo a llenar.


Puedo ver a través de mis ojos parte de tu historia, de la mía y la del bosque que te habitó. Si cierro el ojo derecho un pájaro de papel me lleva de nuevo con el viento. Si abro el izquierdo, tu mano me lleva al último abrazo que nos dimos. Si abro los dos, puedo ver el universo, partículas flotar a mi lado, retazos de tu cuerpo, flotando entre planetas.


Tu dedo me lleva a la orilla de la cama para que pueda tocar tu piel por última vez. Recorro las plantas de tus pies, el lunar que los cubre, tus pantorrillas. Subo a tus caderas, las beso. Tomo tu vientre entre mis dos manos. Ya no eres tú. Eres un cadáver cubierto por gusanos y moscas que agitan sus pequeñas alas.


Acaricio la cuenca de tus ojos. Cierro los míos, nos tomamos de la mano. El dedo que te falta toma mi barbilla y me lleva a tu boca.


Despierto.


Pocas veces te sueño. Otras veces me sueño pariendo a un bebé con rostro de animal. Una noche fue un colibrí, la otra vez fue un delfín. Creo que sueño el nahual del bebé, no su rostro. Al abrir los ojos volvieron las voces zumbido. Aprendí a silenciarlas en mi sistema, pero anoche noté la cicatriz que quedó del perro del vecino removido por falta de pago, un pequeño zumbido surcó mi cráneo mientras pensaba ¡Malditos! Lo que cuesta adaptar a las mascotas a estos niveles para que los desactiven sin previo aviso.


Arriba, los bulldozers aplanan la basura. Se acerca la hora de la recolección.


Vivir acá, en el subsuelo, es aprender a respirar el hedor, adaptar los ojos a la nueva luz. Modificar la basura para nuestro uso.


Voy al closet y busco entre los cuerpos. Tomo uno de los que ya no gotean.


La primera vez que me adapté un cuerpo tuve que contener la náusea. Aún no había terminado el proceso de liberación. Pude sentir su rechazo, la piel no se adaptó a mí, se volvió viscosa, exudó un líquido, sentí un crepitar de seres surcar mis orejas, entrepierna, todos mis orificios incluso conectores de mi cuerpo. Me dio náusea. Intenté arrancarlo pero me estaba succionando. Afortunadamente una compañera estaba cerca y me salvó con la sierra de emergencia.


Una vez adaptado el cuerpo abro la boca, saco la lengua, cierro y abro los ojos. Hago un par de respiraciones con él puesto, estiramientos y pruebas de movimiento de extremidades.


Subo a la superficie. Veo el paisaje. Miles de bulldozers se mecen a la luz de la luna sobre olas de basura, no conozco el mar, pero he visto recuerdos. Cierro los ojos e imagino la sal chocar con los metales, imagino el olor a océano, escucho aves, imagino pelícanos, agua, libre. Unas plumas se acercan a mí. Me muerden la pierna. Acaban de aplanar a otra guajera. Tendremos que regresar antes que vengan los investigadores y recolectores. Bajo al canal de supervisión. Coloco mi mano sobre la banda, la escanean, aprueban, regreso al 246 subnivel 24.


Una vez dentro de mi habitáculo, activo la función de desinfección. Mi cueva se llena de un gas que desactiva por unos minutos las funciones de rastreo mientras retengo la respiración, estiro los dedos, manos, poco a poco brazo, cuello y cara del lado izquierdo, la piel se rasga, esta vez no tengo viscosidades sobre mi piel, cae este pedazo al suelo. Retiro el lado derecho, luego arranco la pierna, nalga y pie derecho, la piel se introdujo en mi vagina. Este cuerpo no ha de haber tenido mucho sexo en vida, pienso. Puedo sentir su resistencia al arrancar ese pedazo con mis dedos. Cada pedazo se cubre de gusanos al caer al suelo que se comen el cuerpo. Desinfecto el mío, en pocos segundos tocarán preguntando por el rastro falso de un cuerpo que no habita en este receptáculo.


Un cadáver es un sitio que desborda vida. La tierra puede también serlo. Los suelos en este estrato geológico poco a poco se han ido recuperando. Muestran menos áreas cubiertas de larvas y abejas buitre, pero aún se detectan escarabajos enterradores y gusanos de huesos.


Hay áreas que aún exhalan cadaverina y geiseres que vomitan exudado purulento. En ésta área hubo un lago. 13569 meses atrás, ahí conocí los peces bruja. Me vestí con el cuerpo de un buzo y me lancé en busca de vida dentro del lodo, basura, restos humanos. El cuerpo del buzo venía equipado con la habilidad de poder bajar varios metros sin necesidad de tanque de oxígeno.


Decían que siglos atrás el agua de este lago era transparente y que en ella se reflejaba la montaña que se derribó para construir la carretera. El cuerpo del buzo no tenía registro corporal que indicara cómo fue nadar en este sitio antes de su muerte, antes de encontrar a los mixines, miles de colas que se unían, una con otra para formar una serpiente gigante que succionaba el fondo del lago. Me acerqué. Vi del suelo brotar un líquido negro de apariencia viscosa. Tomé una muestra.


Fue cuando supimos de la muerte del lago.


*


Unos días atrás me contaron de la presencia de un altar de San Simón en uno de los primeros subniveles. Bajo y pregunto por la localización del Tata. Un compañero me entrega dentro de una bolsa de basura deshidratada un mensaje encriptado con la ubicación.


Vengo por el Tata. Espere ya viene el encargado. El calor de este subnivel ya no me hace daño. Vivir en este infierno me ha dado una capa protectora en las plantas de los pies. El encargado llega con un ramo de flores hechos de bolsas plásticas. ¿Viene por el Tata? Dice, mientras me inspecciona de pies a cabeza. Sígame.


Atravesamos varias habitaciones de color amarillo. Veo plantas colgantes de especies que nunca he visto. Y ahí está, el altar con varios tatas. De madera, cerámica, altos, bajos, todos rodeados de velas, licor, dinero, ruda, cera, cigarros, loción de 7 machos.


Con mucho respeto saludo, coloco una ofrenda, enciendo una vela blanca. Poderoso San Simón, aquí tienes tu puro, tu tortilla, tu guarito y tus candelitas. Enciendo un incienso y luego un cigarro. Se lo coloco a uno de los Tatas. Tomate un guarito con el Tata, me susurra el guardián. Abro la botella que llevo para él. Lo baño en el licor, echo un poco de trago al suelo, tomo lo que queda en el recipiente.


No entiendo cómo puede el viento correr dentro de este receptáculo. Prepárate, el Tata va a trabajar contigo.


Me arrodillo, agacho la cabeza. Detrás de una de las figuras, la más grande, surgen unos brazos mecánicos que cubren mi cráneo y me succionan dentro de un sonido gutural. Escucho unos disparos. Abro los ojos. Me encuentro boca abajo atada de manos y pies. Mis sensores me indican que tengo rocas dentro mi boca, las saco con mi lengua. Aprieto los dientes, las mandíbulas. Puedo sentir cómo mis dedos están entrelazados con los dedos de otro cuerpo. Me veo dentro de una fosa junto a varios cuerpos. Escucho el ruido de caracoles agitados al viento. Un tambor. El canto de un instrumento de madera.


Un árbol abre su tronco para que salga el pie de una abuela. Luego el cuerpo. Ella se acerca con las piernas abiertas a la fosa a oler la muerte. Agita las caracolas en sus muñecas, buscando que el viento se detenga. Y en efecto, lo hace. Escupe al suelo. Camina entre los cuerpos, lo viscoso, lo putrefacto hasta señalar el sitio donde se detuvo el sonido de las caracolas agitadas por su muñeca. La anciana apunta con la nariz y la mete entre los cuerpos. Aspira la muerte, los gusanos, las moscas, la descomposición, los huesos. Sus piernas tiemblan mientras su cuerpo se llena. La fosa poco a poco se vacía. Y de pronto se le tapa la nariz a la abuela.


Ella abre los ojos y sonríe.


Mi cabeza está dentro de la fosa nasal de la abuela. Ella me expulsa entre mocos y fluidos necróticos. Mi cuerpo cae sobre una mesa de piedra.


Cuando grito ¡Duele! ¡Me duele la espalda! mi boca dice ¡Q’oxow! ¡K’a’x nuwij!


Entre la sorpresa y el dolor no sé cuál es más grande. Entonces la abuela pide permiso al viento, al agua, a la montaña, a todos los elementos. Ella toma mi cuerpo, lo agita con la punta de sus dedos. Me trata con cuidado.


No entiendo qué pasa. Pienso en mi idioma y hablo en este idioma desconocido. Trato de activar la ubicación. La pantalla de “servicio no disponible por falta de pago” se muestra en mis ojos. ¡No puede ser tanta mi maldita mala suerte! Escucho muchas voces en ese idioma extraño. La abuela me susurra: Chatmatzoq, chatmatzoq mientras juega con sus caracoles sobre mi cuerpo, lloro porque quiero encontrar una forma de entender.


Cuando digo No entiendo nada, mi boca dice Man kinch’ob taj le kab’ij

La abuela sonríe.


¡Diablos! Todavía tengo un poco de batería, las necesarias para hallar un traductor que pueda instalarse de forma rápida.


Entre los traductores disponibles se encuentra uno

3457845093467894703609385384690460345674938173 meses atrás.


Instalación de traductor.


Pepsi cola en tu barrio presenta: formas de instalar un traductor sin necesidad de internet (tienes 10 segundos para omitir el anuncio) La abuela voltea a ver al cielo y comienza a discutir con alguien. Maldición, faltan tres segundos, proceso de instalación. Me pide que autorice acceso a datos del sistema, qué pérdida de tiempo. Surgen unas siluetas altas y oscuras. La abuela se tira sobre mí, protegiéndome.


Proceso de instalación exitosa/ Identificación de idioma/ Traducción simultánea en proceso/ Galletas chiki, las galletas que se comen por arriba o por abajo, puedes comprarlas en la tienda de barrio más cercana.


“Cómo dices que ella es la elegida, si ni siquiera entiende el idioma, no es de nuestra sangre, está mezclada”. La abuela cubre mi cuerpo, la culebra en su cabeza se lanza contra ellos. Las siluetas se hacen para atrás. Incrementa tu sexualidad en un doscientos por ciento, utiliza pastillas vitaflex todos los días, para poder ser esa máquina sexual que tanto has deseado ser. “No entiendo cómo pretendes salvarla, ella no es”.


Lo sé, ella tiene las voces. Dice la abuela


¿Voces? Pero si esas voces son anuncios de fechas de pago pendientes. ¿Ves? Está conectada al sistema. Ella no tiene nuestra cosmovisión, debe ser llevada con los demás. Las siluetas crecen, la serpiente que cubre la cabeza de la abuela tiembla, abre la boca. La abuela dice yo, la diosa Ixchel te doy nueva vida. La serpiente se desenrolla y se conecta a mi cabeza.


Activación de transferencia de datos/Instalación de programa en curso/No desconecte ni apague su dispositivo/ Las siluetas se acercan a nosotras. Puedo ver sus cuerpos por dentro. Están hechas de miles de esqueletos.


Proceso de instalación y actualización de datos/Será desconectada unos segundos.


*


Soy un cuerpo dentro de otros flotando dentro de la viscosidad, el líquido amniótico de la basura. Mi cordón umbilical se ancla a un monstruo que vive a expensas de nosotros. Vivo de la basura, de los huesos, los dientes. Somos uno con la putrefacción, los gusanos, la mosca. Vuelo.


Veo desde arriba el líquido que burbujea, los cuerpos desnudos que viajan conmigo dentro de este tubo. Aspiro la muerte, me vuelvo una con ella. Bailo dentro de esta cadencia de olas de mar. Dentro de la seda de esta placenta. Mi cuerpo cambia, me surgen extensiones, mis cabellos trasladan impulsos eléctricos. Soy expulsada junto a trozos de cuerpos por uno de los tubos destinados a la salchicha.


Algunos me reconocen y me dejan a un lado. ¡No la toques! Mira, brilla.


La luna esta vez, no me da la espalda. Me encuentro dentro de mi receptáculo. Abro el closet para ponerme un cuerpo. Decido no hacerlo. Salgo desnuda a la superficie.


Me doy cuenta de que puedo ver a través de la basura. Que puedo leer el camino. Que puedo entender la basura. Que veo los rostros de los muertos que me dicen por dónde debo andar. Ellos me dicen que todos debemos salir. Que todo va a explotar. Miro hacia las nuevas montañas de basura, los demás compañeros regresan a casa. Me veo rodeada de montañas de muertos, de un suelo que grita, que tiembla. La noche es más oscura de lo habitual, escucho una explosión.


Nadie hace nada. Nadie huye. Puedo ver cómo se agrieta el suelo, cómo escupe, cómo se abre. Corran. Corran. Huyan. Algunos me ven.


De mi cuerpo surgen un par de alas oxidadas y cuerpo mecánico. Gritan la diosa. La diosa. Se arrodillan. Corran. Huyan. Vengan hacia mí, salgan del subsuelo.


El suelo se abre. Explota la basura, expulsa cuerpos, gas, sangre, tierra. Miro a la luna. Volteo a ver el suelo. Vuelo sobre un enorme agujero, y sobre un río lleno de muertos.

 
 
 

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