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LA FILOSOFÍA DEL RADICALISMO Y EL CAOS POR ALBERT GOLDSCHMIDT

1 oct
3 min de lectura

Empezamos octubre con todos los ánimos posibles, en esta ocasión damos la bienvenida a nuestra comunidad al escritor hispano estadounidense: Albert Goldschmidt, especialista en literatura posmoderna y experimental. En esta oportunidad como parte de la filosofía del radicalismo y el caos creativo, el autor nos presenta un artículo sumamente interesante, así como polémico, el cual esperamos sea de su agrado.



EN DEFENSA DE LO GROTESCO

 

Partimos socialmente de que lo feo, lo obsceno y lo desagradable no posee lugar en el arte, el mundo prostituido moderno defiende la estética por sobre el valor auténtico del artista, pero, en este mundo caótico que habitamos, debemos darnos el tiempo para analizar lo siguiente: Lo malo, el germen de la marginación social y la desigualdad misma están en todo lo apreciable y analizable, por ello, lo grotesco es un refugio artístico que abandera al tipo que hace “show” en los semáforos así como al que se “afrancesa” con abanico en el palco del teatro nacional.


Esto no nace de la nada, volvemos en la historia y vemos como los clásicos desde François Rabelais en Gargantúa y Pantagruel, sobre la defensa del arte de cagar y comer, hasta Quevedo en Gracias y desgracias del ojo del culo, ya hacían eco por la defensa del libre lenguaje, la expresión libre y el sutil arte de cagarse de risa intelectualmente en la cara del eje de poder.


Es lo grotesco en Víctor Hugo algo indispensable para la germinación del drama como tal, él retoma lo grotesco desde la idea de que a través de él el arte puede concebirse como un todo cuyos elementos pueden ser amplios y productores de verdad. Según el autor, el rescate de lo grotesco nos permite dilucidar mejor lo sublime: “lo sublime con dificultad produce un contraste, y necesitamos descansar hasta de lo bello.  Parece, por el contrario, que lo grotesco sea un momento de pausa, un término de comparación, un punto de partida, desde el que nos elevamos hacia lo bello con  percepción más fresca y más deseada”.


Asimismo, Burroughs argumenta, desde la trinchera de El almuerzo desnudo, que lo obsceno no es una propiedad del objeto sino una etiqueta que el poder le cuelga a todo lo que lo amenaza. Nombró a su libro así porque quería mostrar, sin anestesia, lo que hay en la punta de cada tenedor en el instante exacto en que todos lo ven. Para Burroughs, el cuerpo enfermo, el yonqui, el callejón mugriento de Tánger no son adornos morbosos, son la materia prima de una verdad que la literatura de guante blanco jamás se atreve a servir en la mesa. Cuando lo llevaron a juicio por obscenidad, no se disculpó: sostuvo que la censura es apenas el derecho autoproclamado del poder para decidir qué puede ver el ciudadano, y que quitarle la mordaza al lenguaje, aunque duela, aunque asquee, es la única manera de que el arte deje de mentir.


Ese es el primer ladrillo de esta defensa: lo grotesco no ensucia la literatura, la literatura sucia es la que finge que el mundo no tiene mierda.


Por su parte, magistralmente Anthony Burgess sostiene, a través de la pesadilla de Alex en La naranja mecánica, que la ultraviolencia grotesca de su antihéroe no está ahí para que la disfrutemos, sino para obligarnos a tragar una pregunta incómoda: ¿Vale más un delincuente libre de escoger el mal, o un ciudadano domesticado a golpe de electrochoque que solo hace el bien porque ya le arrancaron la posibilidad de elegir? El propio Burgess fue tajante: convertir a Alex en una naranja mecánica, orgánico por fuera, programado por dentro, es un crimen peor que todos los que el muchacho cometió, porque le roba lo único que lo hacía humano.


Ahí está la trampa que tiende lo grotesco: nos repugna la violencia de Alex y, aun así, defendemos su derecho a cometerla, porque la alternativa es un mundo aséptico de máquinas de carne. Burgess, además, inventó el nadsat, un idioma bastardo, callejero, mitad ruso y mitad inglés, para que ni siquiera el lenguaje del libro pudiera lavarse las manos; no por casualidad el propio Burroughs confesó no conocer a otro escritor que hubiera hecho tanto con el idioma.


En fin, defender lo grotesco no es un capricho estético de sobremesa: es negarse a que la belleza siga siendo el carné de identidad que separa a quién tiene derecho a entrar al arte y a quién no. Rabelais, Quevedo, Hugo, Burroughs y Burgess no están discutiendo de estilo, están discutiendo de poder: ¿Quién decide qué cuerpo?, ¿Qué palabra, qué risa puede colarse en la literatura sin pedir permiso? Por eso, yo soy el defensor de la defensa, dejemos lo hipócrita que tiñe la sociedad lectora moderna y abrasemos un mundo tal como está, !Hecho mierda!

 
 
 

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